8 lecciones esenciales de una buena educación emocional para lograr el bienestar de los niños

Algunos de los grandes retos que presenta la tesitura actual es aprender a gestionar nuestras emociones, ayudar a nuestros hijos a gestionar las suyas, y hacerlo de forma que minimicemos, en la medida de lo posible, las consecuencias psicológicas que se puedan derivar. Pero este no es un objetivo sencillo, requiere de trabajo, consciencia y constancia.

“Una buena cabeza y un buen corazón hacen una combinación formidable”, parafraseaba Nelson Mandela.

Como adultos, debemos entender que todas las emociones, incluso las negativas, tienen un valor y una enseñanza. Por ello, debemos utilizar nuestras propias emociones como una oportunidad para enseñar a nuestros hijos a gestionar las suyas y desarrollar su inteligencia emocional.

Hace tres décadas, se introdujo la noción de inteligencia emocional por la importancia evidente que tiene en nuestro comportamiento el mundo afectivo (David Goleman, 1993). Además, alcanzó gran difusión la teoría de las inteligencias múltiples, propuesta por Howard Gardner, según la cual hay, al menos, ocho tipos distintos de inteligencia, entre las que destaca la inteligencia emocional.

Las madres y padres siempre buscamos que nuestros hijos sean felices, que estén bien, y muchas veces nos preguntamos cómo se puede conseguir esto. Para Begoña Ibarrola, psicóloga y experta en educación emocional, la clave está en cómo enseñar a nuestros hijos a gestionar las emociones. “A nuestros hijos no les podemos quitar las piedras del camino para que no tropiecen, les tenemos que enseñar a saltarlas”.

 

Las emociones tienen dos tipos de orígenes:

La convivencia familiar está marcada por las relaciones interpersonales entre todos los actores que participan en ella (hijos, pareja, amigos, otros familiares), jugando un papel decisivo las emociones y los sentimientos. Empecemos por el principio. Existen varios tipos de emociones pero ¿cómo se originan estos sentimientos?:

  1. Estímulos externos: un ejemplo práctico sería el enfado que nos provoca cuando alguien nos quita la plaza de aparcamiento justo cuando íbamos a aparcar. “Provocan respuestas emocionales. Hasta los 6 años, prácticamente casi todos los estímulos que provocan las emociones son externos”, dice Begoña Ibarrola.
  2. Estímulos internos. “Pero cuando tienen más de 6, cuanto mayores son, hay una parte de ellos que les provoca emociones y se las provocan ellos solos: pensamientos y recuerdos. A partir de los 7-8 años, nuestros hijos adolescentes, y nosotros adultos también, a veces nos comemos el coco literalmente y nos provocamos emociones nosotros solitos”, señala Begoña. Esto significa que las emociones ya no son provocadas exclusivamente por las cosas que nos suceden, sino por la interpretación que hacemos de las cosas que nos ocurren y por la actitud con la que nos enfrentamos a ellas. Cada uno reacciona de una manera. Por eso, cuando cumplen una determinada edad tenemos la sensación de no saber qué les pasa, porque cuando sus recuerdos y pensamientos empiezan a provocar emociones, entramos en un terreno donde muchas veces nos perdemos como padres y profesores.

Por su parte, el reconocido filósofo español José Antonio Marina en su libro ‘El laberinto sentimental’ sentencia que “somos inteligencias emocionales. Nada nos interesa más que los sentimientos, porque en ellos consiste la felicidad o la desdicha. Son lo más íntimo a nosotros y lo más ajeno. Actuamos para mantener un estado de ánimo, para cambiarlo, para conseguirlo”.

Entonces, ¿qué podemos hacer como padres, tutores o profesores para acompañarles a comprender sus emociones? Begoña Ibarrola nos recomienda:

8 lecciones esenciales de una buena educación emocional para lograr el bienestar de los niños

    1. Enséñales a nombrar las emociones: ponerle nombre a las emociones y los sentimiento es un buen comienzo para apropiarnos de ellos y poder empezar a regularlos.
    2. Enséñale a conocerse y a quererse. Una buena autoestima es necesaria para crecer feliz y se forja con el conocimiento de las fortalezas y limitaciones. La autoestima se empieza a construir a partir de los 6 años. Hasta entonces, lo que hacen los niños es sumar todos los comentarios que escuchan de su alrededor tipo “eres patoso”, “eres bueno en deportes”…
    3. Enséñale a tolerar la frustración. “Hay que hacerles ver –explica Begoña Ibarrola- que todo no depende de nosotros, no controlamos nada más que algunos aspectos y hay que asumirlo. Muchos niños no están acostumbrados a escuchar que todo no lo pueden controlar. Y muchos se creen que el esfuerzo garantiza el éxito. Pues no. El esfuerzo garantiza la satisfacción, nada más. Hay que enseñarles que pueden cambiar aquellas cosas que están en su mano y con el resto, que no pueden cambiar, o te conformas y cambias el chip o estarás continuamente enfadado”.
    4. Enséñale a regular sus emociones. No puedes expresar las emociones de cualquier manera, en cualquier lugar, hay que hacerlo de la forma correcta: que no haga daño a los demás y no te haga daño a ti.
    5. Enséñale a entrar en calma. Actualmente hemos normalizado un estado de estrés y prisas en toda la sociedad, como si nos hubiéramos entrenado para ello. En palabras de la especialista en educación emocional nos aconseja que “el ser humano tiene que actuar y después relajarse, no podemos actuar, actuar y actuar”. Calmarse ayuda a lograr el control emocional y estimula el sistema inmunológico. Hay que ayudarle a desarrollar estrategias personales de relajación para mejorar su salud, aprendizaje y su conducta.
    6. Enséñale a pensar en positivo. Si tú le enseñas a ser optimista y a buscar soluciones frente a los problemas, cuando tenga un problema va a buscar cómo solucionarlo, no se va a quedar dándole vueltas al problema.
    7. Enséñale a ser empático. Enséñale a ponerse en el lugar de otras personas, entender su situación y sentimiento. Además, esta cualidad ayudará a prevenir la violencia y es una de las habilidades más valoradas en entornos sociales y laborales.
    8. Enséñale a ser asertivo. Habilidad para expresar lo que piense y quiera sin herir los sentimientos de los demás.

Las emociones visten cada aspecto de nuestras vidas y de nuestra cotidianidad. Saber controlarlas, gestionarlas y utilizarlas a través del fomento de la inteligencia emocional nos permitirá, sin duda, afrontar nuestro día a día de un modo más eficiente.

Existe la creencia de que siempre hay que aparentar ser fuertes para aparecer ante nuestros hijos como superhéroes que todo lo pueden. Pero insistir en esto hace que perdamos una grandiosa oportunidad para enseñar a nuestros hijos a gestionar sus emociones. A veces, la vulnerabilidad es mucho más valiosa que cualquier fortaleza.

Todos estos consejos son válidos para niños, adolescentes y adultos, pero en el caso de la transición de niño a adulto la educación emocional cobra mayor importancia.

 

Claves para educar las emociones en la adolescencia

“Es verdad que los adolescentes viven una etapa difícil en la que deben tomar decisiones clave. Pero esta experiencia de estrés vital, de desorientación, lo que puede dañar es mucho más importante: su autoestima. Cuando los jóvenes llegan con sensación de “fracaso” es porque han asumido el miedo a no ser nada en la vida. Debemos eliminar esta presión y fomentar su seguridad”, concluye.

Con los adolescentes se debe hacer hincapié en su autoconocimiento, autorregulación empatía y habilidades sociales. El primer punto implica reconocer los propios estados de ánimo, recursos, fortalezas, debilidades e intuiciones para conseguir una conciencia emocional y una correcta autovaloración. Todos estos ingredientes “cocinan” la autoconfianza.

También se debe trabajar la autorregulación de los adolescentes para enseñarles el autocontrol, la responsabilidad, integridad y adaptabilidad a la vida (y sus piedritas). Eso significa que deben aprender a gestionar los propios estados anímicos, emociones perturbadoras e impulsos. Y todo esto pasa por trabajar la automotivación conociendo las tendencias emocionales que guían o facilitan el cumplimiento de las metas. Ganarán así en compromiso, iniciativa y optimismo.

Trabajando la empatía lograrán tener conciencia de los sentimientos, necesidades y preocupaciones de los demás. Siendo compresivos con los demás y con ellos mismos.

“Sin darnos cuenta educamos en el miedo, porque anticipamos los problemas de la adolescencia antes incluso de que ocurran. Y del miedo pasamos a la sobreprotección, que deja a los adolescentes sin capacidad de autodisciplina, control de impulsos y tolerancia a la frustración”, explica el psicólogo Ángel Peralbo.

Si logramos trabajar a largo plazo estos puntos los adolescentes aprenderán a:

  • Ejercer el control sobre sus vidas.
  • Visualizar las metas en la mente.
  • Aumentar los niveles de percepción emocional.
  • Mejorar sus relaciones en todos sus entornos.
  • Tomar mejores y más prudentes decisiones.
  • Disminuir sus niveles de estrés social.
  • Desarrollar su productividad personal.
  • Potenciar su seguridad y su confianza.
  • Lograr un mayor nivel de bienestar psicológico y social.

Por eso en nuestro colegio Areteia se desarrollan diferentes estrategias de intervención, tratamiento y seguimiento para alcanzar el bienestar y la salud emocional de los niños.

La finalidad es generar líderes comprometidos con sus vidas y sus entornos, que identifican y logran sus metas a corto y largo plazo y, sobre todo, toman conciencia sobre la contribución tan importante que ellos le pueden generar a la sociedad y al mundo.

El amor familiar e intergeneracional es la energía interna que ha mantenido a la Humanidad. Ahora, en una nueva sociedad digital, tecnológica y vulnerable esa fuerza del amor nos debe llevar a un buen uso del conocimiento y hacia nuevas actitudes para el aprendizaje cotidiano. Los grandes cambios empiezan con pequeños gestos.

15 / 12 / 20